jueves, 24 de julio de 2008

Internacionales 1

Después de Karadzic, aumenta la presión sobre Serbia para arrestar a Mladic

BELGRADO (AFP) — Tras la caída del ex jefe político de los serbobosnios, Radovan Karadzic, la presión aumenta sobre Belgrado para que arreste a su máximo colaborador militar, Ratko Mladic, también reclamado por el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPI) por genocidio.
"Los serbios están progresando en el cierre de un feo capítulo de su historia, y espero que Mladic sea el siguiente" en ser detenido, declaró este jueves la secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, desde Singapur.
Karadzic fue arrestado en un autobús en Belgrado el lunes, y probablemente será trasladado en los próximos días al TPI, en La Haya, pese al recurso que presentará el viernes su abogado.
El ex líder político serbobosnio quiere defenderse a sí mismo, lo que hace temer un proceso caótico y maratoniano parecido al de su ex aliado, el otrora presidente serbio Slobodan Milosevic, que murió en la prisión del TPI en La Haya en 2006.
Karadzic, de 63 años, se fugó en 1996, un año después de ser inculpado por el TPI junto con Mladic, que ahora tiene 65 años.
Ambos están acusados de genocidio, complicidad de genocidio, persecuciones, exterminaciones, asesinatos, deportaciones y actos inhumanos contra musulmanes, croatas y otras poblaciones no serbias durante la guerra de Bosnia, entre 1992 y 1995.
A medida que se conocen más detalles sobre la vida de fugitivo de Karadzic, que se inventó una nueva identidad como curandero bajo el nombre de Dragan Dabic, Rice dijo que su arresto es "un paso hacia adelante para Serbia".
La detención "ilustra la fuerte voluntad del nuevo gobierno serbio, y espero que los esfuerzos se aceleren" para ayudar a Belgrado en sus aspiraciones de integración en la Unión Europa, dijo Rice.
Sus comentarios concuerdan con los de responsables de organismos internacionales y otros países, entre los cuales sólo Rusia dio la nota disonante, preguntándose si Karadzic tendrá un juicio justo.
El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, saludó la detención como "un momento histórico para las víctimas", mientras que el ministro de Exteriores sueco Carl Bildt, antiguo mediador de paz en los Balcanes, dijo que la noticia llegaba "tarde" pero era "buena".
Mientras tanto, la policía serbia ha comenzado a investigar la red de apoyos que permitió a Karadzic permanecer fugado durante 13 años.
La investigación comenzó tras saberse que Karadzic usurpó la identidad de Dragan Dabic, un soldado muerto por disparos de un francotirador en 1993 durante el asedio de Sarajevo.
"En comparación con Mladic, que fue visto en Belgrado en los últimos años, su ventaja es que obtuvo su falsa identidad en la época en que sus amigos estaban en el poder", dijo este jueves el fiscal serbio Vladimir Vukcevic.
"Al mismo tiempo, gozó de un ambiente político favorable en Serbia, por lo que es evidente que empezó a llevar su vida paralela mucho antes" de convertirse en un curandero de luenga barba y pelo largo y canoso, dijo el fiscal, citado por el diario Vecernje Novosti.
Además de la matanza de Srebrenica en julio de 1995, en la que unos 8.000 varones musulmanes fueron asesinados, Karadzic y Mladic están acusados de orquestar el sitio de Sarajevo, que duró 43 meses y en el que murieron más de 10.000 personas.
El abogado de Karadzic, Svetozar Vujacic, confirmó el miércoles que presentará un recurso contra el traslado de su cliente al TPI el viernes, último día del plazo previsto por la ley, para retrasar el procedimiento.
La estrategia podría dejarle algo de tiempo a la mujer y la hija de Karadzic, residentes en Bosnia, que esperan recuperar sus pasaportes confiscados y poder ir a verlo antes de su probable traslado a La Haya la semana que viene.

Colombia denunciará de nuevo a Nicaragua

Colombia denunciará a Nicaragua ante la Organización de Estados Americanos (OEA) este jueves por lo que considera "cercanía" del presidente Daniel Ortega con la guerrilla colombiana.

Según Bogotá, Managua incurre en "persistentes violaciones de los compromisos internacionales en la lucha contra el terrorismo y de las normas y principios del derecho internacional".
Según un comunicado de la cancillería colombiana "se trata de una protesta verbal de Colombia ante la OEA por la actitud de Nicaragua hacia el gobierno del presidente Álvaro Uribe Vélez".
En junio pasado, Bogotá ya había acusado a Nicaragua ante la OEA por apoyar a "grupos terroristas", después de que Managua otorgara asilo a dos mujeres miembros de las FARC que habían resultado heridas en el ataque colombiano contra un campamento guerrillero en Ecuador.

Colombia acusa a Nicaragua en la OEA

"Hermanos"
Bogotá se basa ahora en declaraciones de Ortega en torno a que estaba dispuesto a dialogar con los "hermanos de las FARC", en referencia a los rebeldes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, consideradas por Estados Unidos y la Unión Europea como un grupo terrorista.
"Nosotros tenemos toda la disposición a contribuir a este proceso de paz y le respondemos a los hermanos de las FARC que sí, que estamos dispuestos a conversar y dialogar para aportar a la paz en Colombia, que es el principal factor de inestabilidad de toda América Latina", dijo Ortega.
Esas declaraciones sentaron mal en el Palacio de Nariño, que rechazó enérgicamente autorizar a Ortega a que medie en el proceso de paz con la guerrilla.
Colombia rechaza oferta de Ortega
Las relaciones entre ambos países se encuentran deterioradas desde el ataque colombiano al campamento de las FARC en territorio ecuatoriano, cuando Managua se solidarizó con Quito.
Versiones de prensa
La disputa está enturbiada además por informes de prensa en Nicaragua sobre una supuesta visita a ese país de una delegación de alto nivel de las FARC.
El Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) de Colombia -el organismo de inteligencia- reclamó la asistencia de la Interpol para esclarecer la veracidad de esa información, publicada en el diario La Prensa y reproducido en medios y agencias alrededor del mundo.
De acuerdo con el diario nicaragüense, varios comandantes guerrilleros habrían viajado hace unos días a Nicaragua, en un avión desde Venezuela, para celebrar el aniversario de la revolución sandinista.
En un mensaje, fechado el 26 de junio, el secretariado del estado mayor central de las FARC había manifestado su intención de reunirse con el presidente nicaragüense.
La policía de Nicaragua dijo desconocer el hecho y el gobierno no se ha pronunciado al respecto.

“Irán no retrocederá ni un ápice sobre tema nuclear”

PRESIDENTE IRANÍ, MAHMUD AHMADINEJAD, DESAFÍA A POTENCIAS MUNDIALES
TEHERÁN AFP.

Fiel a su estilo, el presidente de Irán, Mahmud Ahmadinejad, le respondió a las potencias mundiales que su país no retrocederá “ni un ápice” en su programa nuclear, el cual asegura que es pacífico.
“El pueblo iraní está de pie y no retrocederá nada ante las potencias opresivas”, declaró Ahmadinejad en un discurso pronunciado en el sur de Irán y difundido por la televisión estatal.
El gobernante conservador dijo que considera que las grandes potencias involucradas en las negociaciones, denominadas el G-5+1 (EEUU, Reino Unido, Francia, China, Rusia y Alemania), usan el tema nuclear de pretexto porque lo que en realidad “quieren es hacer una operación sicológica para decir a otros pueblos –para los que Irán se ha convertido en modelo– que lograron hacer retroceder a los iraníes”.
“Resistiremos hasta el final. Si ustedes piensan que con sanciones, amenazas y presiones pueden hacer retroceder al pueblo iraní, se están engañando”, añadió.
Sus desafiantes palabras han sido en respuesta al ultimátum dado el pasado sábado por las potencias. Estas le dieron a Irán dos semanas para que acepte su propuesta y suspenda su programa nuclear mientras continúan las negociaciones. Este plazo fue anunciado luego de una ronda de negociaciones en Ginebra en la participaron el jefe de la diplomacia de la Unión Europea, Javier Solana, el negociador iraní Said Jalili, así como los representantes del G-5+1. El encuentro había causado gran expectativa debido a que era la primera vez en 29 años que un alto funcionario estadounidense se sentaba en una mesa negociadora con un miembro del gobierno de Teherán. Sin embargo, la reunión no dio los frutos esperados.
Por eso, esta semana Washington estimó que lo más probable es que Irán ignore la oferta de cooperación internacional. Y advirtió que este rechazo traería nuevas sanciones.

EEUU advierte más sanciones
En su primera reacción ante el desalentador discurso del presidente Mahmud Ahmadinejad, la Casa Blanca reiteró que de no suspender su polémico plan nuclear, Irán sufrirá nuevas sanciones.
“Esperamos que los iraníes den una respuesta positiva” a la oferta de cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y Alemania, dijo el portavoz de la Casa Blanca, Gordon Johndroe.



Evo Morales se reúne con Thomas Shannon, subsecretario de Estado para América Latina

Bolivia y EU acuerdan restaurar la confianza para superar diferendos

Seguirán los encuentros para hablar de la asistencia estadunidense para el desarrollo boliviano
Rosa Rojas (Corresponsal)
La Paz, 23 de julio. Bolivia y Estados Unidos acordaron hoy restaurar la confianza mutua para susperar sus diferendos suscitados en los últimos meses, tras una reunión de más de dos horas entre el presidente Evo Morales y el subsecretario de Estado para América Latina, Thomas Shannon.
“Nuestro objetivo es crear un ambiente de mejor confianza, de mejor cooperación y mejor colaboración. Terminamos acordando que la única conspiración que va a existir en nuestras relaciones bilaterales será la conspiración contra la pobreza, contra la desigualdad y la exclusión social”, dijo Shannon.
El funcionario estadunidense, que fue recibido por el presidente muy temparano en el Palacio Quemado, estuvo acompañado del embajador Philip Goldberg, a quien Morales acusó de estar conspirando contra su gobierno junto con la agencia de cooperación estadunidense USAID, y le presentó pruebas sobre el caso.
En esa reunión en la que Morales estuvo con su canciller David Choquehuanca y otros ministros, Shannon no respondió directamente a las denuncias del mandatario. Pero en rueda de prensa posterior, defendió la labor que realiza Goldberg en el país al señalar: “Nosotros no podemos tener un mejor embajador en La Paz, es un diplomático muy respetado en Washington”.
Shannon agradeció el tiempo y “la buena voluntad del presidente Morales y su gobierno” para esta reunión. Se acordó, dijo, “un plan para consultas” que van a seguir después con el canciller Choquehuanca, Goldberg y el embajador Guzmán en Washington.
En ese ámbito, agregó, se tratarán los temas de la asistencia estadunidense para el desarrollo económico y social de Bolivia, la lucha antidrogas, profundizar “las relaciones comerciales en todos los aspectos”, y también la cooperación en áreas judiciales “y otros aspectos de la institucionalidad”.
El canciller Choquehuanca dijo que Bolivia no rechaza la ayuda de Estados Unidos, y comentó la posibilidad de que ese país coadyuve en el programa Evo Cumple, actualmente financiado por Venezuela que, dijo, se maneja en forma transparente. Pero, subrayó, deben redifinirse todos los programas de cooperación.
En otro orden, la única magistrada que queda en el Tribunal Constitucional (TC), Silvia Salame, emitió un “decreto” para que se suspenda el referendo revocatorio de mandato del presidente, vicepresidente y prefectos, programado para el 10 de agosto.
Al respecto, el ministro de Defensa, Walker San Miguel, consideró que dicho documento es una “cantinfleada” y un acto “de prevaricato”, pues el TC es un órgano colegiado y no individual, por lo que el gobierno presentará querella contra la magistrada.
La Corte Nacional Electoral determinó que en la organización del referéndum se ha cumplido con la jurisprudencia que menciona la magistrada Salame, y que acorde a la Ley 3850 que lo convoca, solamente se puede suspender “con otra Ley de la República o con un fallo del Tribunal Constitucional que así lo dispongan”.

El presidente de Sudán se muestra desafiante en el tema de Darfur

AL-FASHER, Sudán (AP) - El presidente de Sudán afirmó el miércoles que no se acobardará por haber sido acusado de genocidio ni permitirá que eso lo distraiga de la búsqueda de paz en la convulsionada Darfur.
En un discurso a sus partidarios en al-Fasher, capital de ese territorio sudanés, Omar al-Bashir, en actitud desafiante, desestimó la formulación de cargos interpuesta el 14 de julio por el fiscal de la Corte Penal Internacional, el argentino Luis Moreno Ocampo, y quiso presentarse como un pacificador.
Al-Bashir dijo que esa acción del tribunal era un esfuerzo por obstaculizar la gestión de su gobierno por restablecer la paz en Darfur. Y agregó que Sudán no se intimidará por la amenaza de sanciones.
"Sólo nos inclinaremos ante Dios, que es el único sostén", dijo ante una ovación de unas 3.000 personas.
Sin mencionar a Moreno Ocampo, al-Bashir dijo que "cada vez que damos un paso adelante, que hacemos progresos y surgen indicios de paz, esa gente trata de embarullarlo, de devolvernos a fojas uno y de distraernos con cuestiones marginales y denuncias falsas".
El fiscal entabló 10 cargos contra al-Bashir por orquestar una campaña de exterminación y violaciones dirigida específicamente contra tres tribus en Darfur. Las Naciones Unidas dicen que unas 300.000 personas han muerto y dos millones y medio se han visto desplazadas de sus hogares en el último lustro.
Los cargos incluyen genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra. Moreno Ocampo también solicitó una orden de arresto de al-Bashir, pero tardará meses antes de que un panel de jueces decida al respecto.
El miércoles, al-Bashir admitió que se cometieron "injusticias" en Darfur pero no las especificó, no identificó a los culpables ni dijo si se propone juzgar a los perpetradores.
"Si, todos sabemos que ha habido problemas en Darfur y sabemos que ha habido injusticias. Pero nosotros, desde el primer día, buscamos llevar la paz a todo el pueblo de Darfur", dijo.
Pero, agregó, "las palabras de Ocampo no nos molestarán ni nos distraerán de nuestra labor"

Medvedev busca cambiar gobernadores en regiones rusas: diario

MOSCU (Reuters) - El presidente ruso, Dmitry Medvedev, planea reemplazar a docenas de gobernadores provinciales en los próximos años en un intento por aumentar su influencia en los círculos oficiales, informó el jueves el periódico Vedomosti.
El diario dijo que Medvedev, quien asumió como presidente reemplazando a Vladimir Putin en mayo, está buscando que más de sus seguidores leales ocupen puestos influyentes.
Vedomosti citó a funcionarios del Kremlin no identificados diciendo que Medvedev estaba poco impresionado por la calidad de muchos gobernadores y quería una generación más joven de funcionarios, preferentemente con experiencia comercial, para asumir puestos regionales.
"Está planeada una rotación masiva de dirigentes regionales, según un funcionario de la administración: quieren reemplazar a 16 hacia fines de este año y a 10 el año próximo," dijo el diario.
Y agregó que el Kremlin quería reemplazar a algunos de los jefes regionales más antiguos de Rusia, como el alcalde de Moscú, Yuri Luzhkov, y el gobernador de Tatarstan, Mintimer Shaimiyev, ambos de más de 70 años de edad.
Medvedev dijo el miércoles que Rusia estaba teniendo problemas para encontrar funcionarios cualificados y sugirió que los burócratas roten por distintos puestos para disminuir la corrupción y mejorar los estándares.
Inversores están viendo cómo el sistema dual de Gobierno funcionará en Rusia, con Medvedev como jefe del Kremlin y Putin como un poderoso primer ministro.
En el 2004, el Parlamento ruso cambió la ley para evitar elecciones directas de gobernadores.
Y fue reemplazada con un sistema por el cual los gobernadores son nominados por el presidente y luego confirmados por las legislaturas regionales. El mandatario puede disolver la legislatura si rechaza a la persona que postuló.


«Cuídate, Juan Carlos»

Las imágenes de afecto protagonizadas por la Familia Real con motivo de los últimos triunfos deportivos nacionales han despertado envidia en el Reino Unido, donde el protocolo sigue imponiendo ciertas rigideces. El diario «The Guardian», aunque de fondo republicano, ha coronado al jefe del Estado español como «el Rey del abrazo». Ayer dedicaba una de sus páginas a reproducir los saludos de Don Juan Carlos a Iker Casillas, Sergio Ramos y Luis Aragonés en las celebraciones por la victoria en la Eurocopa.
Bajo el título «Al diablo con el protocolo: cómo Juan Carlos se ha convertido en el rey del abrazo», el rotativo escribía: «Olvídense de Carla Bruni-Sarkozy. El nuevo foco de afectos culturales es el Rey Juan Carlos de España. Todo el mundo quiere que les ponga las manos encima, del modo más agradable posible, por supuesto».
La prensa británica trae ahora a colación estas imágenes de la simpatía y proximidad de Su Majestad, tomadas hace unas semanas, con motivo de la visita a España del presidente venezolano, Hugo Chávez, quien ha anunciado su intención de abrazar al Monarca tan pronto se encuentre con él mañana. El «¿por qué no te callas?» fue tan difundido en la prensa internacional que ahora existe también enorme expectación en el extranjero sobre este nuevo encuentro entre Don Juan Carlos y Chávez.
«The Guardian» advierte con un «cuídate, Juan Carlos, cuídate» escrito en castellano sobre las posibles dobles intenciones de Chávez, por aquello de la puñalada por la espalda, al uso de la medieval Florencia, aunque en sentido metafórico. El diario recuerda cómo primeros ministros australianos han puesto sus manos sobre Isabel II en algunos actos oficiales como para indicar una preeminencia efectiva sobre quien es jefe de Estado de Australia. Fue el caso de Paul Keating en 1992, que puso su brazo en la espalda de la Reina inglesa guiándola hasta su silla. Lo mismo hizo John Howard en 2000 en un acto celebrado en el Parlamento de Camberra presidido por quien es cabeza de la Commonwealth.


Gobierno y Oposición de Zimbabue negocian en Sudáfrica una salida a la crisis

Altos cargos del partido del Gobierno y de la oposición de Zimbabue se reunieron hoy en Sudáfrica para tratar de formar un gabinete de unidad nacional y acabar con la crisis política que vive el país, informaron fuentes del Ejecutivo de Pretoria.

Un portavoz diplomático sudafricano confirmó escuetamente a Efe que las negociaciones ya se han iniciado, después de que los representantes de la gubernamental Unión Nacional Africana de Zimbabue-Frente Patriótico (ZANU-PF) y el opositor Movimiento para el Cambio Democrático (MDC) llegaran a Sudáfrica anoche.

El pasado martes delegados de ambas partes se reunieron en Pretoria en presencia de varios asesores del presidente de Sudáfrica, Thabo Mbeki, mediador en estas negociaciones, pero las conversaciones de fondo para buscar una solución al conflicto se iniciaron hoy, según el mismo portavoz.

Durante las conversaciones, las partes se han comprometido a no difundir lo tratado para facilitar un diálogo que permita "crear una genuina, viable, permanente y sostenible solución a la situación de Zimbabue", con la formación de un Gobierno de unidad.

El presidente de Zimbabue, Robert Mugabe, en representación de la ZANU-PF, y Morgan Tsvangirai, como líder del MDC, así como Arthur Mutambara, líder de un grupo escindido del movimiento opositor, firmaron el lunes en Harare un acuerdo para negociar la formación de un Gobierno de unidad nacional.

La firma del acuerdo se hizo en presencia de Mbeki, mediador designado por la Comunidad Para el Desarrollo de África Meridional (SADC) para las conversaciones, que estará asistido en su tarea por delegados de Naciones Unidas y la Unión Africana (UA).

Mugabe fue derrotado por Tsvangirai en la primera vuelta de las presidenciales, celebrada el 29 de marzo, pero éste no obtuvo los votos suficientes alcanzar la Jefatura del Estado en esa ronda.

En la segunda vuelta Tsvangirai se retiró debido a los ataques contra sus seguidores por parte de milicias leales a Mugabe, quien el 27 de junio obtuvo más del 80 por ciento de los votos.

No obstante, la comunidad internacional no reconoció este resultado y la Unión Africana (UA) presionó a Mugabe para que estableciera conversaciones con vistas a un Gobierno de unidad, ya que en el Parlamento, aún no convocado, tiene mayoría la oposición.

martes, 22 de julio de 2008

El cliente número 9

Una vez más, la inmejorable frase de Francis Scott Fitzgerald: “No hay segundos actos en las vidas americanas”. En algunos lugares, México en primerísima fila, puede haber incluso más de siete y casi siempre por las razones equivocadas. Pero en el estado de Nueva York, el dictum se ha cumplido a cabalidad con la deshonra pública y consecuente renuncia de Eliot Spitzer a su cargo de gobernador. En cuestión de horas, el otrora implacable fiscal de Manhattan, el enemigo acérrimo de los criminales de cuello blanco, se convirtió en una figura vilipendiada y patética. En una colaboración reciente sobre este tema para The Washington Post, el escritor Richard Russo (autor de las novelas Ni un pelo de tonto y Alto riesgo, entre otras) recordaba que en sus días como maestro de escritura creativa desaconsejaba a sus alumnos utilizar en exceso la virtud y el coraje inquebrantables como condimento en la creación de personajes literarios. Los argumentos del profesor eran irrebatibles, y ponía como ejemplo nada menos que al gran Gatsby: su historia y desventurado final nos atrae y atrapa precisamente porque todos hemos sido ciegos alguna vez, todos hemos cometido el tipo de tonterías auto-denigrantes que, por esas paradojas de la buena literatura, también restituyen un poco de nuestra endeble y pobretona humanidad.

Lo mismo sus acólitos que sus detractores han evocado la arrogancia y ambición que caracterizaban a Eliot Spitzer. Para nadie es misterio que sin ambas cualidades negativas, no hay político que logre sobrevivir ni mucho menos prosperar en esa jungla demente. Casi todo mundo sabe que en política se puede (o se debe) ser un perfecto canalla y al mismo tiempo un dizque hombre o mujer de bien. Lo contrario resulta monstruoso —e inservible para la literatura, diría Richard Russo. Esto viene a cuento porque un cierto día de octubre de 2007, la vida real me puso unas horas en el camino del gobernador Spitzer. La ocasión, en mi caso el mero producto de un accidente, fue el lanzamiento en Lisboa de la “International Carbon Action Partnership”. Para suscribir esta especie de acuerdo cuyo propósito es poner en marcha un mecanismo global de mercado para reducir la emisión de gases de efecto invernadero, estaban anunciados los usual suspects del momento: el primer ministro de Portugal, el presidente de la Comisión Europea y una marabunta de funcionarios internacionales preocupados sobre todo en que sus viáticos terminaran esfumándose en la atmósfera por efecto de la constante apreciación del euro frente al dólar. La verdadera agitación provenía más bien de la asistencia confirmada de un grupo de gobernadores de Estados Unidos, republicanos y demócratas por igual, cuya sola presencia contravenía la postura de la administración Bush respecto al famoso protocolo de Kioto. La noticia real, pues, estaba en el hecho de que ante un tema tan candente como el cambio climático, los gobiernos locales en el vecino país pueden oponerse a su contraparte federal y tomar decisiones más racionales y eficaces. Pero en esos mismos días un incendio catastrófico arrasaba los valles de California y el ojo del huracán mediático estaba puesto en el único personaje que nunca llegó a la cita: el gobernator Arnold Schwarzenegger. Todo mundo se tuvo que conformar con la presencia de un grupo de dignatarios que mostraban amplias sonrisas y menor masa muscular. Quizás junto a un ex Míster Universo cualquiera puede parecer una lumbrera intelectual, pero en ningún momento el temple y agudeza de Spitzer, sin duda un tipo sólido y carismático, dejó de relucir entre sus colegas gobernadores en aquel distinguido y olvidable convivio a las orillas del río Tejo. Junto a él, un supuesto estadista como José Durão Barroso adoptó su auténtica estatura de euroburócrata.

Al ver las fechas reveladas en la investigación en contra del Emperor’s Club VIP, casi podría afirmar que poco después de su visita a la ciudad del fado, el gobernador Spitzer hizo una rápida escala en el hotel Mayflower de Washington para sacudirse el stress en brazos de Ashley Dupré alias “Kristen”, una joven prostituta de piel deliciosamente aceitunada cuya biografía se remonta a las aceras pobladas de almas renegadas en su natal Nueva Jersey, las mismas calles de fuego a las que Bruce Springsteen ha dedicado más de una canción. Ante el largo brazo de la ley, el severo y odiado sheriff de Wall Street, el célebre defensor del pequeño inversionista y del equilibrio climático del planeta, el gobernador visionario que incursionó en un terreno donde su presidente no se atreve, terminó transmutado en una ficha, en un aséptico dato judicial: el Cliente número 9. El linchamiento público no se hizo esperar: —This is America, buddy. El crimen de Spitzer no fue soliviantarse ante un cuerpo de “7 diamantes”, según una escala que en manos de Ashley Dupré debe sentirse tan intensa como la de Richter, sino en participar en una red de trata de personas y en organizar el pago bancario por los servicios recibidos en una forma semejante a las operaciones de blanqueo del narcotráfico.

Algo similar puede ocurrirle nada menos que a Barack Obama en el caso de sus tratos con Tony Rezko, un cacique inmobiliario de Chicago e importante contribuyente a las campañas políticas en el estado de Illinois, o peor todavía, con la fabricación de un escándalo y de un crimen inexistente a partir de la relación con su pastor, el reverendo Jeremiah Wright. En el primer caso, Obama se adelantó a la tormenta al explicar con lujo de detalle ante la Junta Editorial del Chicago Tribune la compra de una franja de terreno aledaña a su casa y propiedad de Tony Rezko. Es difícil de entender, pero sigue siendo perfectamente plausible ser un senador elocuente e inteligentísimo, y al mismo tiempo pasarse los domingos de los últimos veinte años escuchando arengas para tarados en voz de un neurasténico. Ni hablar de nuestro secretario de Gobernación, quien se halla en manos de unos verdugos que a cada hora sacan a relucir nuevas pruebas pero que a cada minuto que pasa se muestran reticentes a iniciar el debido proceso legal. Parece que en política vale más y paga mejor la reyerta que la ley. En ese fango cualquiera es culpable, pero es un hecho irrebatible que el gobernador Eliot Spitzer, el Cliente número 9, la habrá gozado como ninguno de ellos.

La migraña de la antorcha

La organización de cualquier encuentro deportivo tiene esencialmente un objetivo: la difusión de la cultura y sociedad del país sede. Por ejemplo, la Copa del Mundo de 2010 será, para Sudáfrica, la oportunidad de persuadir al planeta de la posibilidad de un continente africano moderno, capaz y pujante. No es ninguna casualidad que el afiche oficial de la competencia sea el perfil de Samuel Eto’o, el gran delantero camerunés, inclinado de tal manera que evoque la silueta misma de África.

El caso de los Juegos Olímpicos es aún más evidente. Es imposible separar los juegos de Barcelona o de Sydney de la difusión de la identidad australiana y catalana. Después de apagada la flama, el mundo ya sabía de qué estaban hechos ambos sitios. Ahí mismo radica, naturalmente, el riesgo de la organización de una fiesta que convoca al mundo entero. Pienso, ahora, en la Copa América de futbol celebrada en Venezuela hace un par de años. La intención del gobierno chavista era mostrar una cara amable y eficiente. Consiguió lo contrario: los periodistas destacaron la precariedad de la vida en Venezuela y los aficionados —que gritaron consignas en contra de Chávez hasta cansarse— se encargaron de evidenciar la discordia imperante en el país. Ni hablar, por supuesto, de la legendaria reacción de Adolfo Hitler frente al triunfo del velocista Jesse Owens, y otros atletas de color, durante los juegos de 1936. Después del desplante racista del dictador alemán, nadie en el mundo pudo realmente ignorar la verdadera cara del régimen Nazi. Otro caso fue la matanza de deportistas israelíes —y la torpeza de la policía alemana— durante los juegos de Munich. Lo ocurrido entre el 5 y el 6 de septiembre en la villa olímpica de esa ciudad alemana marcó para siempre a Oriente Medio y puso de nuevo sobre la mesa las heridas del Holocausto.

Por todo esto, en el entendido de que un encuentro como los Juegos Olímpicos es un escaparate sin parangón para un país, el gobierno comunista chino enfrenta una crisis de enorme magnitud. En las últimas semanas, con el asedio a la flama olímpica en todas las ciudades por las que ha pasado, el régimen autoritario de Pekín puede haber perdido ya la batalla de relaciones públicas que está, para la sede, en el corazón de toda experiencia olímpica. En 2001, al ganar el derecho a ser anfitrión de los Juegos Olímpicos, el ministro del deporte chino anunció que la oportunidad de ser sede traería “progreso cultural, educativo, deportivo y, crucialmente, en la agenda de derechos humanos” para el país. Esa era también la apuesta del Comité Olímpico Internacional, que tuvo que capear una tormenta de reclamaciones cuando decidió otorgar la sede a China. Por eso no resulta descabellado asegurar que, hoy, el gigante asiático ya ha fracasado como sede olímpica: aunque los juegos resulten un éxito (como seguramente ocurrirá), la mancha que ha dejado la masacre en el Tíbet y las protestas frente a la antorcha serán permanentes.

Y eso es sin tomar en cuenta lo que pueda ocurrir dentro del evento. Hace unos días entrevisté al embajador chino en México, Yin Hengmin. Al final de lo que fue una charla ciertamente complicada, le pregunté qué haría el gobierno chino si un atleta decide manifestarse en favor de la liberación del Tíbet durante, digamos, una ceremonia de premiación de alto perfil mediático. Al embajador no le gustó la pregunta: “Esa es sólo una hipótesis” y sobre situaciones hipotéticas, me aseguró, no tenía opinión alguna. Para ser solamente una hipótesis, lo que le planteé tiene mucho de probable. Ya en 1968, los velocistas Tommie Smith y John Carlos aprovecharon la premiación de los 200 metros planos para, de manera memorable y polémica, reivindicar la identidad afroamericana en el marco de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. Y como ese hay varios ejemplos más. En suma, es muy posible que un atleta decida aprovechar el podio olímpico para defender la causa tibetana y quitarle lo hipotético a la pregunta que se negó a responder el embajador Yin.

¿Qué hará el gobierno chino en ese caso? Es difícil saberlo. Está de más repasar la historia de censura del régimen de Pekín. Apenas en este mes, durante los disturbios en el Tíbet, los chinos dieron información a cuentagotas y a su muy orwelliana manera. También en ese espíritu pusieron límites a YouTube. Nada de eso podrán hacer si un atleta tiene los pantalones de sacar la bandera tibetana al recibir una medalla. ¿Tendrá China el descaro de detener una manifestación legítima como esa o preferirá salvar lo poco que le queda por salvar en este desastre de imagen en que se ha metido? Faltan menos de cuatro meses para averiguarlo.

Balas de fogueo

Cuando uno considera, y asiente cuando un camarada llama en público al líder durmiente de la revolución cubana Fidel Castro “humanista” o “intelectual”, ha de realizar una serie de complejas operaciones mentales para, por una parte, justificar esos términos de cara a sus lectores u oyentes y, por otra, recorrer el camino necesario para construir una particular representación del mundo en la que estos quepan. Representación en la que, evidentemente, el dictador de una pequeña isla del Caribe, que en su momento se alineara con la Unión Soviética y que ha pasado buena parte de sus casi cincuenta años de ejercicio del poder justificando la sistemática violación de derechos humanos debido a la lucha contra el “imperialismo yanqui”, es ante todo un intelectual y un humanista.

En la representación del mundo que la escritora Belén Gopegui viene construyéndose desde hace años, no sólo Fidel Castro es un intelectual, sino que, por ejemplo, en esa pequeña isla “existe más libertad de expresión que en España”. A decir de Gopegui, Cuba es “sencillamente un horizonte, un país sin desempleo, sin mendicidad, sin mafias, con un número de profesionales, hombres y mujeres, altísimo, un país sin explotación infantil, sin desaparecidos, con un nivel de cultura y educación que en muchos casos supera la media europea”. Esta Cuba de Gopegui, de la que dice conocer La Habana y Matanza y en la que ha pasado unos 40 días en total, en donde por supuesto no vive a pesar de lo cual declara sin sonrojo que “sí, viviría voluntariamente en un estado donde se estuviera luchando por avanzar hacia el socialismo en medio de todas las dificultades que supone en sí ese tránsito, y más en un contexto económico, social y cultural absolutamente beligerante", y en el que haya líderes como “Fidel Castro que sigan dando respuestas para que la humanidad no cese en su pregunta de cómo mejorar”.

En el mundo de Gopegui, la cultura española “está prácticamente en manos de un sector que quizá alguna vez fue de izquierdas pero que en este momento no lo es en absoluto. No son de izquierdas, son intelectuales y artistas de derechas, conservadores, perfectamente integrados en el orden establecido pero que, en su papel de grupo al servicio de la clase dominante, se apropian del valor de un discurso que les da buena imagen y de vez en cuando hacen algún gesto simbólico apoyando reformas también simbólicas, que nunca tocan lo esencial, la producción de la riqueza”.

El último ladrillo de esa peculiar construcción de la realidad emprendida por Gopegui es un pequeño librito, fruto de una conferencia en la Universidad de California San Diego (sí, California, Estados Unidos, ese monstruo imperialista) y que ahora publica la Editorial Complutense (de la Universidad Complutense de Madrid, España, ese país donde existe una libertad de expresión inferior a la cubana), titulado Un pistoletazo en medio de un concierto. Acerca de escribir política en una novela. En él, amparada en la voz de Diego, “un joven revolucionario de nuestros días”, Belén Gopegui da rienda suelta a su empeño constructor para afirmar, entre otras lindezas, que el concepto de verosimilitud en literatura se encuentra secuestrado por unos pocos. Quienes detentan el “poder”, evidentemente. Y en su concepción de la literatura, la de Diego y entendemos que la de Gopegui, la idea de verosimilitud “no debería ser propiedad de unos pocos; debería ser pública, debería ser de todos” (¿?). También afirma, por ejemplo, que la política ha estado prohibida en la novela del siglo XX. No hay lector que no pueda oponer a esta afirmación varias decenas o centenares de novelas, pero, como tiene por costumbre, es la misma Belén Gopegui quien se desautoriza más tarde, en la reproducción de una ronda de preguntas posterior a su conferencia incluidas en el librito, donde destaca El astillero, novela de Juan Carlos Onetti (sí, Juan Carlos Onetti, el escritor uruguayo considerado miembro del boom latinoamericano y parte fundamental del canon literario en español del siglo XX), que si bien supone, a su entender, un “abordaje indirecto” al tema político, cumple un papel necesario porque, tratando de “la imposibilidad de la ciudadanía para los ciudadanos comunes y corrientes, para los que no pueden, con las actuales reglas del juego, llegar a ser dueños de sí mismos” (¿?), tiene una cualidad que le permite “durar mejor en la imaginación dentro de este sistema mientras lo corroen muy lentamente”.

¿En qué quedamos? ¿Ha habido o no ha habido novela política en el siglo XX? ¿Está prohibida o no la política en la novela?

Esto, claro, sin siquiera mencionar que Gopegui, vive, habla, escribe, publica, presenta libros, da charlas y un largo etcétera de verbos en presente, en España, país donde, Gopegui dixit, “en general mis novelas suscitan buenas apreciaciones por parte de la crítica, y tienen un público no masivo como el de algunas obras poco valoradas por la crítica, pero sí más amplio que el de otras novelas que la crítica aprecia y que se mueven en círculos pequeños”. Esa crítica, que forma parte de ese mundo de la cultura española que, como citaba antes, está compuesto por “intelectuales y artistas de derechas, conservadores, perfectamente integrados en el orden establecido pero que, en su papel de grupo al servicio de la clase dominante”, lo que, curiosamente, no mella su capacidad a la hora de apreciar la obra de la revolucionaria Gopegui.

Amargogate

A lo largo de la historia moderna de la política en Estados Unidos, la enorme mayoría de los candidatos presidenciales ha tenido que enfrentar una prueba de fuego, lo que los estadunidenses llaman el make or break moment: la encrucijada que supondrá el hundimiento o la salida a flote de las aspiraciones políticas del aspirante en cuestión. Todo político teme a la llegada de ese potencial punto de inflexión. Y no es para menos.

La lista es larga. Para John Kerry, por ejemplo, el momento de la verdad fue el escándalo alrededor de su servicio en Vietnam. En el momento preciso en que optó por dejar pasar la calumnia y no responder con suficiente fuerza a las injustas acusaciones de los veteranos de guerra que lo habían tachado de cobarde y mentiroso, Kerry perdió la presidencia. Para Michael Dukakis, candidato demócrata a la presidencia en 1988, el punto de inflexión fue una respuesta desafortunada durante un debate. El 13 de octubre, el periodista Bernard Shaw le preguntó a un nervioso Dukakis si estaría a favor de la pena de muerte en caso de que su mujer fuera violada y asesinada. Sin pensarlo dos veces (o quizá pensándolo de más), el entonces gobernador de Massachussets respondió con una frialdad inusitada: “No, no buscaría la pena de muerte”. La fama de inconmovible de Dukakis se vio reforzada por la reacción del candidato. De ahí en más, la campaña fue un mero trámite y George Bush padre se llevó la victoria con claridad en las elecciones de noviembre. Algo similar le ocurrió a Al Gore. Su pedantería durante el primer encuentro con George W. Bush, en el que no paró de suspirar como un sabelotodo insufrible, reforzó en el electorado la idea de que Gore era un tieso afectado. Esa imagen de inmodestia seguramente le costó votos cruciales en el sur estadunidense en la elección que, al final, perdió. Lo mismo, por cierto, podría decirse de Andrés Manuel López Obrador en los meses previos a la elección de 2006: si el entonces aspirante del PRD hubiera respondido de inmediato a los comerciales en su contra y hubiera acudido al primer debate (esos que ahora busca tan afanosamente), seguramente estaría despachando ahora mismo en Los Pinos. La lección es evidente: la supervivencia de una campaña presidencial depende de la capacidad de reacción del candidato ante su particular parteaguas.

Barack Obama enfrenta, ahora, la batalla decisiva en su intento por hacerse de la nominación demócrata. Durante meses, Hillary Clinton (y John McCain, que debe estar más feliz que nunca) había estado esperando un desliz de Obama; un resbalón retórico, la evidencia de un talón de Aquiles, lo que fuera. Y, finalmente, Obama tropezó. Hace un par de semanas el senador de Illinois se presentó en San Francisco con el fin de recaudar fondos para su campaña. Ahí, se dio el lujo de ser cándido y aseguró que los estadunidenses que viven en pequeñas ciudades se “aferran” a su fe, a la desconfianza del extraño y a las armas porque están “amargados”. Más allá de si lo dicho es verdad o no (hay varios libros, como el genial What’s the matter with Kansas, de Thomas Franks, que defienden con lucidez la misma postura), lo cierto es que Obama no podría haber escogido peores palabras.

El discurso de Obama no sólo es peligroso por incendiario, es riesgoso porque subraya todas las características vulnerables del candidato. Desde el principio de la campaña, Obama ha corrido el riesgo de ser catalogado como un demócrata liberal más; un elitista de Harvard que poco conoce (y menos quiere conocer) del Estados Unidos rural y marginado. Lo que es peor: Obama puede terminar por cargar con una de las peores etiquetas imaginables en la política estadounidense: la del político alejado de la religión. En suma, un campo minado, y no sólo para lo que resta de la lucha entre los demócratas sino para la elección de noviembre. Desde ahora está claro que el discurso de San Francisco será la piedra angular de la estrategia de John McCain si es que Obama resulta su rival en las presidenciales.

Si el senador de Illinois no consigue desactivar el escándalo a tiempo y con fuerza, el tropiezo ya conocido como amargogate puede convertirse en el tan temido punto de inflexión de la campaña por la candidatura demócrata. Desde ya, Hillary Clinton está insistiendo en retratar a Obama como un burgués soberbio sin contacto alguno con el ciudadano común y corriente. Ya será tarea de Obama evitar que semejante estereotipo —es difícil imaginar uno peor— arraigue en el imaginario del electorado de los estados restantes en las primarias de su partido y, meses más tarde, en el del país entero.

Los votantes de Pennsylvania, donde Obama enfrentará una elección crucial el próximo martes, serán los primeros en dar su veredicto.

The New Yorker tropieza

Para los que nos dedicamos a editar revistas, la portada es una obsesión. Una gran portada es clara y provocadora. Cuando Esquire fotografió a Muhammad Ali a semejanza de San Sebastián en abril de 1968, la portada transformó el debate sobre el pacifismo del boxeador y sus consecuencias. Lo mismo puede decirse de la célebre portada de Rolling Stone, de enero de 1981, en la que John Lennon abraza a su madre-esposa Yoko unas horas antes de ser asesinado. Ahora, si de excelencia constante se trata, nadie como The New Yorker (The Economist, diría alguno, también podría pelear la corona). Las portadas de la revista neoyorquina tienen sólo cuatro elemntos: la ilustración, la fecha, el precio y el cabezal. Ni una letra más (que los editores hayan recurrido al fold-over para promover los artículos de la revista es testimonio de su genialidad y su respeto absoluto por la portada). La historia de The New Yorker está llena de portadas icónicas. Quizá la más famosa es la del 29 de marzo de 1976 en la que Saul Steinberg dibujó su “Vista del mundo desde la Novena Avenida”. Siguen en la lista la no menos famosa “New Yorkistan”, de diciembre 10 del 2001, creada por Maira Kalman y Rich Meyerowitz. Ambas son producto de su tiempo e ilustran, sin necesidad de explicar nada, dos momentos muy distintos de la vida neoyorquina (y mundial). Para mi gusto, sin embargo, la mejor portada del New Yorker es la de las torres negras sobre el fondo negro en los días negros que siguieron al 11 de septiembre. Publicada el 24 de septiembre del 2001, la revista refleja –sin necesidad de palabras; vaya, sin necesidad de colores– el principio de un luto que no termina. Una imagen para la historia.

Pero hasta al mejor cazador se le va la liebre. Aunque habrá que ver la explicación de David Remnick, editor en jefe del New Yorker, la portada que ahora circula se antoja como una equivocación poco común. Bajo el nombre de “La política del miedo”, la ilustración de Barry Blitt muestra a Barack Obama vestido de musulmán despidiéndose de su esposa Michelle, quien viste fatigas de combate, en una oficina oval que tiene, al fondo, un cuadro de Osama Bin Laden y una bandera estadounidense en el fuego. Blitt ha dicho que la imagen pretende demostrar “cuán enloquecido y ridículo” es utilizar al miedo irracional como estrategia de campaña. Pero el tiro parece haberle salido por la culata. Los primeros en brincar no han sido los republicanos sino el equipo de Obama. No es la primera vez que Blitt publica una imagen polémica en el frente de The New Yorker. Apenas hace un año, Blitt dibujó al presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad como un homosexual buscando sexo en un baño, muy al estilo del senador republicano Larry Craig. Habrá que ver si esta vez el humor de Blitt no le sale caro a la revista y al objeto de su ilustración. Con una elección que claramente se decidirá en gran medida por la herida racial, el horno no parece estar para bollos.

Pd.- De último minuto me entero que Remnick califica la portada como “una sátira… que pone un espejo frente a los prejuicios e ideas oscuras sobre el pasado –y las ideas políticas- del matrimonio Obama”. Al tiempo

En busca del número dos

Hasta hace 15 años, el puesto de vicepresidente en Estados Unidos era casi simbólico. Designado para tomar el mando en el caso improbable de que el presidente resulte inhabilitado, y para emitir el voto de calidad en el legislativo, el vicepresidente ha sido, históricamente, sólo un delfín sonriente. Al Gore, que jugó un papel central en la consolidación de la imagen de Bill Clinton como un presidente joven e innovador, y Dick Cheney, quien ejerció más que su jefe el poder, cambiaron las cosas. En los comicios de 2008, la selección del candidato vicepresidencial será objeto de un escrutinio inédito. Dados los puntos débiles de John McCain y de Barack Obama, el compañero de fórmula de cada uno puede resultar crucial.

En la política estadunidense, los aspirantes presidenciales escogen a su número dos tomando en cuenta una de dos variables: sus deficiencias o la capacidad hipotética del candidato vicepresidencial para atraer votos de algún estado particularmente complicado. Así, John Kerry eligió a John Edwards para acercarse a los votantes conservadores sureños y, al mismo tiempo, atenuar su imagen de patricio engreído del noreste (no logró, por cierto, ni lo uno ni lo otro). En el caso de George W. Bush, la elección de Cheney respondió a la necesidad de darle formalidad a un candidato que, en comparación con Al Gore, su rival en la elección de 2000, tenía un currículum de vergüenza. La apuesta de Bush resultó inmejorable, al menos en el sentido electoral: con Cheney a bordo, ni Al Gore ni su compañero, Joe Lieberman, pudieron acusar a Bush de principiante.

Para 2008, McCain y Obama enfrentan retos severos. El desafío para Obama es evidente: conquistar el voto obrero blanco. A juzgar por sus primeros anuncios de campaña, Obama ya ha concluido que la elección podría decidirse cuando, en la intimidad de la caseta el día de los comicios, el votante blanco de clase media baja se pregunte: “¿De verdad votaré por un negro?” Durante las primarias demócratas, Obama sufrió para acercarse de manera convincente a los blancos que, en estados como Ohio y Pensilvania, han sufrido problemas económicos de gravedad en los últimos años. Por eso, en su nueva propaganda de campaña, Obama subraya su herencia blanca y aparece abrazando, saludando y escuchando a decenas de trabajadores blancos. En los anuncios no hay un solo rostro latino ni mucho menos uno de color.

Si Obama tiene razón y su obstáculo mayor para llegar a la Casa Blanca es ese sector demográfico, deberá elegir a un compañero de fórmula que le dé más posibilidades de conquistarlo. Para ello, el candidato ideal es un senador o un gobernador blanco y conservador (es una pena tener que estar hablando del color de la tez en la política, pero esa es la innegable realidad de la sociedad estadunidense a principios del siglo XXI). Esa baraja la encabezan los gobernadores de Ohio y Virginia. El primero, Ted Strickland, tiene una notable carrera en el servicio público y podría, con toda seguridad, inclinar su estado (que en 2004 fue el fiel de la balanza) hacia el lado demócrata. El segundo, Tim Kaine, es un hombre del sur, religioso y serio que, como un valor agregado nada desdeñable, habla un perfecto español. Si Obama prefiriera a un colega senador, el sueño de los heterodoxos es Chuck Hagel, de Nebraska. Hagel tiene el perfil idóneo: héroe de Vietnam, décadas en el Senado y una elocuencia envidiable. ¿El problema? Hagel es republicano.

Para McCain, el problema es mayor: debe afianzar el voto de dos minorías fundamentales y, quizás, opuestas: los conservadores y los latinos. Además, el candidato republicano debe asegurarse de ganar cinco estados del sur, claves de la elección: Arizona, Nuevo México, Florida, Colorado y Nevada. Con problemas en los últimos tres, McCain no tiene tiempo que perder. El candidato probablemente deberá rezar para que, a final de cuentas, los conservadores dejen atrás las dudas que les despierta su trayectoria moderada y prefieran votar por él antes que por un demócrata como Obama. Eso deja en la mesa el otro desafío: los latinos. Si McCain se toma en serio la conquista del voto latino (y su visita a Colombia y a México es evidencia suficiente para suponerlo), tendrá que elegir a alguien con experiencia en asuntos fronterizos. La senadora de Texas, Kay Bailey Hutchinson, o Charles Crist, el carismático gobernador de Florida, son opciones naturales. McCain también podría olvidarse de cálculos electoreros y apostar el todo por el todo a su agenda de seguridad y, más importante, a la base conservadora del partido. De ser así, Mitt Romney, conservador de cepa, y hasta el gobernador de Carolina del Sur, Mark Sanford, podrían ser la elección final de McCain. Claro, conociendo su trayectoria impredecible, también es posible que McCain enloquezca y pretenda pelearle a Obama el mensaje de cambio e innovación: el joven gobernador de Louisiana, Bobby Jindal, un exitoso y carismático hindú-americano, representaría un emocionante golpe de timón.

Un nuevo frente para los republicanos

A poco más de cuatro meses de la elección presidencial en Estados Unidos, las cartas están sobre la mesa. Y no podrían ser más claras. El Partido Republicano enfrenta, potencialmente, una catástrofe de proporciones históricas. Barack Obama supera a John McCain en todos los sondeos recientes: Gallup, Reuters, Zogby… vaya, hasta Fox News le da cuatro puntos de ventaja. En Ohio y Pensilvania, dos estados indispensables para McCain, Obama sostiene una sólida delantera cercana a los dos dígitos. Peor aún: en los estados del suroeste —con los que McCain (senador por Arizona) cuenta— Obama está peleando con uñas y dientes, incluso consolida ya un buen margen en Colorado y se acerca a McCain en Nevada y Nuevo México.

Pero las malas noticias no terminan ahí para los republicanos. En noviembre, Estados Unidos también votará para renovar parte del Congreso. La elección legislativa no podría llegar en peor momento para el partido del presidente Bush. En la Cámara de Representantes, los cálculos más conservadores indican que los demócratas podrían ganar entre diez y 15 curules y llevar su mayoría hasta los 240 o 245 integrantes. En el Senado, el escenario es más relevante: con la obligación de defender 23 puestos, los republicanos corren el riesgo de perder no el control de la Cámara alta —que se les fue de las manos hace un par de años— sino, incluso, la capacidad de ser una minoría incómoda. Si los demócratas alcanzan el número mágico de 60 senadores, tendrán una mayoría a prueba de estrategias como el filibuster, la maratónica intervención parlamentaria que retrasa ad infinitum la votación de una medida incómoda para la minoría.

Ningún partido ha controlado así el Senado estadunidense desde hace tres décadas. Lo notable es que, a pocos meses de la elección, el triunfo arrollador de los demócratas parece probable. Cuatro serán los estados cruciales: Maine, Minnesota, Alaska y Kentucky. En los dos primeros, los demócratas enfrentan batallas complicadas, pero la fuerza de Barack Obama en la boleta presidencial podría inclinar la balanza a su favor. En Kentucky hay un empate técnico, con el respetado republicano Mitch McConnell, líder de la minoría de su partido en el Senado, quien sufre ante el empresario Bruce Lunsford. Si la mayoría de esos estados se inclina por los demócratas, el Partido Republicano habrá pasado, en sólo cuatro años, de la gloria al mismísimo infierno.

Pero los republicanos están lejos de la defunción. Fiel a su costumbre reciente, la maquinaria republicana ya ha comenzado a mover los engranes conocidos. Como ha ocurrido en cada ciclo electoral desde el 11 de septiembre, el discurso del partido se ha concentrado en el miedo. Desde hace ya unas semanas, McCain ha tratado de atacar a Obama tachándolo, precisamente, de inexperto en materia de seguridad. En los últimos días, por ejemplo, Obama sugirió que los prisioneros en Guantánamo merecen ir a juicio, con todas las de la ley. McCain respondió de inmediato con un discurso predecible por su burdo belicismo: “No me sorprende que un abogado diga que la guerra contra el terrorismo puede ganarse con abogados antes que con los Marines”.

Dado que la mayoría de las encuestas sólo le otorgan una ventaja sobre Obama precisamente en todo lo relacionado con el terrorismo, no será la última vez que McCain recurra a este tipo de retórica. La buena noticia para los demócratas es que, a diferencia del ingenuo John Kerry, Obama parece listo para la pelea. De nuevo usando internet como herramienta de comunicación, la campaña del candidato demócrata lanzó una página dedicada a aclarar las “calumnias” que ya han surgido en la carrera por la presidencia. fightthesmears.com refuta varias joyas de guerra política sucia (que no por eso antidemocrática): Obama es musulmán (falso), Obama no jura frente a la bandera estadunidense (falso), Obama ha escondido su certificado de nacimiento (la página lo despliega).

La incógnita es si el sitio de internet será suficiente. Por si las dudas, Obama se ha dedicado, a últimas fechas, a exponer las tácticas que, supone, usarán los republicanos a medida de que se acerque la elección. Apenas el viernes, en el crucial estado de Florida (que seguramente ganará McCain con facilidad), Obama puso los puntos sobre las íes: “Sabemos el tipo de campaña que van a plantear: les van a decir: ‘Es joven, inexperto y tiene un nombre raro. ¿Y ya te dije que es negro?’” Obama hace bien en tener clara la batalla que le espera. Dadas las probabilidades de una derrota histórica —un auténtico cataclismo político— para los republicanos el próximo 4 de noviembre, cualquier cosa puede aparecer en las pantallas de televisión y los programas de radio estadunidenses. Más le vale estar preparado. Después de todo, en junio de 2004, John Kerry aventajaba a George W. Bush por exactamente el mismo promedio de puntos que ahora tiene Obama sobre McCain. Y ya sabemos cómo terminó aquello.

Obama hace historia

Es difícil saber hasta dónde llegará Barack Obama. Muchos factores podrían significarle una derrota en las elecciones de noviembre. La clase obrera blanca podría no reconciliarse con el candidato, las mujeres podrían no perdonarle que haya derrotado a la senadora Clinton o los hispanos podrían preferir a un hombre como John McCain, que cuenta con una indudable trayectoria de apoyo a la causa migratoria. La lista, en suma, es larga: a Barack Obama le queda un complejo camino por recorrer si quiere convertirse en el primer presidente afroamericano en la historia estadounidense.

En cualquier caso, éste no es el momento para discutir el futuro. Ahora, el partido demócrata y el resto del país deben dedicarse a celebrar y a reflexionar sobre el hecho histórico que acaban de presenciar: por primera vez, un hombre de color defenderá la causa de uno de los dos partidos políticos de jerarquía y abolengo en el país más poderoso del mundo. El triunfo de Obama representa una victoria para la tolerancia, la diversidad y la madurez de Estados Unidos. Con ello, el país regresa a la vanguardia en la lucha por la igualdad cívica. Ningún otro país del famoso primer mundo puede ufanarse de haber nominado a un representante de una minoría (de verdad, no de papel) para un cargo de elección popular. Ni Inglaterra, ni Francia, ni Alemania pueden presumir de semejante apertura. Al escoger a Obama como su candidato, los demócratas le han demostrado al planeta que Estados Unidos no ha olvidado su lado luminoso: su tejido social, creado, durante dos siglos, por gente de orígenes, intereses y tonos de piel muy distintos.

Ahora, Obama tendrá que estar a la altura de la misión histórica que su partido le ha encomendado. Lo primero que tendrá que hacer es seguir siendo el político gallardo que es. Acto seguido, deberá prepararse para una batalla épica. Quien piense que John McCain no venderá muy cara la derrota en noviembre no conoce a John McCain. Por lo pronto, Obama y su mensaje de esperanza han sobrevivido para pelear la más grande batalla de todas: la lucha por la Casa Blanca.

Opinion de Bruno

México perdido en el laberinto latinoamericano
De entre los amigos y conocidos con quienes comparto una severa adicción mediática, fui el único yonki desahuciado que sí vio en vivo desde Santo Domingo las seis horas completas que duró la sesión final de la cumbre del Grupo de Río, el pasado 7 de marzo. No me siento precisamente orgulloso de ello. Ni siquiera me queda el consuelo de haber presenciado un espectáculo patético, del cual no acaba todavía de desenmarañarse la fétida madeja.

No estoy para nada orgulloso. Debí haberle cambiado de canal cuando la pandilla pseudorevolucionaria se soltó eructando en nombre de la hermandad latinoamericana y del bolivarismo en el que, faltaba más, todos nos reconocemos. El asunto de la violación a la soberanía de Ecuador por parte de Colombia —y que el presidente Rafael Correa identificó con un ataque a su ultrajado y salvajemente sodomizado pueblo ahí donde no murió un solo ciudadano ecuatoriano— fue discutido y podría seguir discutiéndose hasta la náusea. Nadie me obligó a mal digerir tanta verborrea. Acúsome entonces de no cambiarle de canal (nadie ha hablado de llegar al extremo de apagar la tele) cuando era el momento de hacerlo.

La verdad sea dicha, no podría sentirme orgulloso de mi capacidad de aguante ante un show de cretinos, ni mucho menos ponerme de lado de Colombia, pero el hecho es que mientras Daniel Ortega peroraba amenazando con ir a soliviantarse al WC y Chávez rememoraba viejas batallas libradas en los frentes clandestinos del ejército venezolano y las guerrillas libertadoras, sus dos ámbitos naturales, Álvaro Uribe fue el único que habló de seguridad democrática en un régimen de libertades y garantías individuales. Tal cual. No justifico ni entiendo el tipo de decisión carnicera que, al ordenar un bombardeo, tomó Uribe el malo, el títere del imperio. Contrariamente, no me ocurre lo mismo con el silencio autista del resto de tan distinguida concurrencia, ni desde luego con la hipocresía teatrera de “las viudas de Raúl Reyes”, como llamó a la mancuerna Correa-Chávez el periodista y escritor peruano Jaime Bayly en su programa de televisión El francotirador.

Admito con resignación que desde hace unos días ando jurado. En previsión de la cumbre entre la hermandad latinoamericana y la Unión Europea en Lima, ya he hecho mis votos de abstinencia (que por supuesto no cumpliré). Pronostico declaraciones incendiarias y sombrerazos, más silencio y más autismo, y un final de telenovela en el que todos se abrazan sonrientes y salen agitando un bracito o ambos en la gran foto de familia. No importa que México siga perdido en el laberinto latinoamericano en nombre de los principios que nos dieron patria y, más importante aún, política exterior propia y honrosa cual pocas. Total. No importa quedarse callados haciendo dura y disciplinada faena diplomática, mientras que la viuda Correa continúa su frenética carambola a tres bandas y se permite ventanear en su programa de radio presidencial de los sábados al mandatario mexicano y su intercesión a favor de oscuros intereses empresariales en Ecuador. Todo sea con tal de mantener nuestros lazos históricos —en los que por cierto parece pesar más el pasado autoritario que el imperioso presente democrático.

No importa tampoco que el único y valioso botín de la matazón describa con detalle la forma en que operan mafiosamente las FARC a escala internacional, sus métodos para reclutar la conciencia de estudiantes valientes y muy confundidos, y por supuesto sus modos de canalizar dinero bien habido producto de la venta y tráfico de Maracachafa (o sea cocaína, pues) entre miembros leales de la hermandad latinoamericana que necesitan mucho cash para financiar sus campañas políticas; no importa que las tres laptops con quién sabe cuántos gigas de información incriminen una y otra vez a la familia extendida en Argentina o Paraguay de las viudas de Raúl Reyes; no importa seguir haciendo como que no pasa nada y justificar que ante asuntos de semejante truculencia, los mandatarios y mandamases no asuman una posición clara, es decir democrática, es decir la única posible; no importa que un ex canciller mexicano sugiera rebatir abiertamente el fundamentalismo bolivariano con corrección y sin provocaciones, ni que el susodicho haya escrito literalmente con una bola de cristal entre las manos el 14 de noviembre de 2007: “un buen día, el agua llegará al río: ya no bastarán las palabras, y pueden sobrar las armas” (Reforma, “Tiempo de rectificar”); no importa que la sociedad colombiana haya puesto al parejo su parte y cuota de sangre para recuperar sus ciudades, Bogotá, Cali y Medellín como sería menester rescatar a la ciudad de México, a Guadalajara y Monterrey y Morelia y Culiacán, también; no importa atender a quienes preclaramente piensan y definen al narco mexicano como una variante del terrorismo (el ejemplo es el periodista Ciro Gómez Leyva); no importa ni resulta pertinente imaginar un futuro en que el país estará tomado por el crimen organizado, la violencia sicaria campeando a lo largo y ancho del territorio y los policías malos encargándose de ejecutar a los policías buenos (o sea más o menos como ya estamos actualmente); importa menos aún plantearse la descabellada hipótesis de qué sucedería y cómo reaccionaría la sociedad mexicana en su conjunto si un día un comando de Rangers, Boinas Verdes o de la Legión Extranjera cruza la frontera de noche y nos hace el favor de borrar del mapa a los cárteles que no conocen, ni siquiera entre ellos, la paz.

Nada de lo anterior importa. En la cumbre de Lima, una vez más Chávez podrá descalificar muy a gusto a medio mundo, empezando por la Interpol, y de paso nos revelará el pasado nazi de Angela Dorothea Merkel; en esa tesitura, Jaime Bayly será señalado como un marica degenerado que además vive en Miami; el recientemente elegido a la American Academy of Arts and Sciences, Jorge G. Castañeda, será desenmascarado como un mero agente de pérfidos intereses personales y por supuesto extranjeros. Menos mal. Lo que verdaderamente importa es que quienes no tienen tiempo para pensar en estrambóticos escenarios hipotéticos y viven en el mundo real de las decisiones, me refiero a nuestros sagaces estadistas latinoamericanos, sigan haciendo precisamente lo mismo; es decir, que se mantengan calladitos y sin tomar decisiones.